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¡EL HORROR QUE NADIE PUDO DETENER! El chimpancé que criaron como hijo le arrancó la cara a su mejor amiga en un ataque de locura salvaje… ¿Qué pasó realmente ese día fatídico?

La Señora A La Que Un CHIMPANCÉ le DESFIGURÓ La CARA

Imaginá que tu mejor amiga está obsesionada con un chimpancé salvaje. Al principio todo parece estar bien, aunque suene extraño, lo cría como si fuera su propio hijo. El animal muestra signos de inteligencia e incluso aprende a conducir vehículos. Pero a medida que pasa el tiempo, debido a la naturaleza de su especie, el animal empieza a volverse cada vez más territorial, hasta el punto de atacar a las personas simplemente por no reconocerlas.

Y estamos hablando de una bestia de 90 kg. Este es el antes y el después, sin retoques ni exageraciones, de Charla Nash, una mujer que fue atacada por el chimpancé que su mejor amiga crió como a un hijo. “Apurate, por favor, apurate, estás con tu amigo. Necesito que ayudes a tu amigo. ¿Podés ir a ayudar a tu amigo? Puedo”. Suena a película de terror, pero realmente sucedió.

Por eso hoy vamos a ver cómo el intento de humanizar a un animal salvaje terminó desatando uno de los casos documentados más impactantes, un ataque tan brutal que los médicos que trataron a la víctima tuvieron que recibir ayuda psicológica. Nuestra historia comienza en 1995 en Missouri, con un bebé chimpancé de pocas semanas de vida, comprado por Sandra y Jerome Herold por 40.000 dólares.

Lo llamaron Travis, por el cantante de country favorito de Sandra. Para los Herold, Travis no era una mascota, era su bebé. La pareja tenía una hija llamada Susan, pero ella se había mudado hace tiempo, así que la decisión de adoptar o comprar a Travis fue para criarlo como a un hijo humano. Desde el primer día, al chimpancé se lo trató como a un humano.

Tomaba leche en biberón, veía televisión con ellos, dormía en una cuna al lado de la pareja y aprendió a moverse por la casa como si fuera su hábitat natural. Más tarde aprendería a andar en bicicleta, a saludar a la gente y a socializar con los vecinos de alguna manera. Incluso aprendió a conducir el auto de la familia. El tiempo pasó, Travis creció y empezó a ganarse el sustento.

Además de ser una especie de atracción para los clientes del negocio de grúas, ya que jugaba con ellos, los molestaba o incluso los atendía, Travis incluso apareció en televisión, ya sea en programas que comentaban su situación y lo presentaban como el mono viral del momento o en noticieros que hacían notas e informes mostrando, por ejemplo, cómo usaba el control remoto o cómo solía ayudar en el negocio de las grúas.

Se había convertido en una celebridad local en Stanford, Connecticut, e incluso protagonizó comerciales de marcas gigantes como Pepsi. Ya era una especie de atracción por lo loca que era la idea de un chimpancé salvaje viviendo con otros humanos.

Incluso la policía local se detenía a interactuar con él en la calle. Aunque existía cierto miedo porque seguía siendo un animal salvaje, para la mayoría de la gente era solo un vecino más. Hasta que pasaron los años y lo inevitable, lo que la mayoría parecía querer ignorar, se hizo presente. La naturaleza reclamó su lugar. Cuando un chimpancé alcanza la madurez sexual, sus niveles de testosterona se disparan.

Causando que el animal se vuelva más territorial, más agresivo y menos predecible. Travis dejó de ser un monito tierno de la televisión y se convirtió en un macho de casi 90 kg. Para empeorar la situación, que lentamente se salía de control, la pareja perdió a su hija Susan en el año 2000 durante un accidente de tránsito, provocando que el afecto que tenían por Travis se convirtiera ahora en una obsesión por llenar ese vacío imposible.

Travis siguió creciendo, y con él, su comportamiento territorial e incluso errático. Y la primera señal de advertencia que la policía, los vecinos y la propia familia Herold eligieron ignorar ocurrió en 2003, cuando Travis tenía unos 8 años, 6 años antes del ataque final. Mientras Sandra conducía por el centro de Stanford, alguien lanzó un objeto que golpeó el auto.

El ruido asustó a Travis, quien en un segundo abrió la puerta del auto, salió en medio del tráfico y comenzó a perseguir a esa persona. El chimpancé estuvo suelto durante más de 2 horas corriendo por las calles, saltando sobre los techos de los patrulleros y bloqueando el tránsito. A pesar del caos, la policía local lo trató casi como una travesura, lo cual es inusual.

Sandra logró calmarlo prometiéndole helado y logrando que subiera nuevamente al auto. Para la comunidad, seguía siendo el mono amigable del pueblo que tuvo un mal día. Pero científicamente, Travis ya había demostrado que si el animal se estresaba, la domesticación desaparecía en un segundo. Pero el peligro no era solo su comportamiento, era su condición física.

Un chimpancé macho adulto sano pesa entre 40 y 60 kg. Travis pesaba más de 90 kg. Estaba en un estado de obesidad mórbida absoluta, pesando casi el doble de lo normal para su especie. La razón: su dieta. Travis no comía frutas, hojas o raíces. Su dieta consistía en comida chatarra humana. Comía bifes, porciones de pasta, galletitas, helado de postre e incluso bebía vino en una copa de cristal.

Vivía una vida completamente sedentaria, encerrado en una casa y sentado en el sillón viendo televisión. La situación se salió de control en 2004, cuando Jerome, el esposo de Sandra, murió de cáncer de colon. Sandra quedó completamente sola a cargo del negocio de grúas y de su hogar. Para Travis, la muerte de su padre fue bastante difícil.

Al chimpancé se lo vio deprimido durante varios meses. Se encerraba, estaba decaído y bajaba los cuadros de Jerome de la casa. Pero además, para Travis, la muerte de Jerome no fue solo una pérdida, fue una ruptura biológica. Travis asumió naturalmente el rol de macho.

Ya no era una mascota; ahora se sentía el dueño del territorio y el protector absoluto de Sandra. Sin un macho humano que pusiera límites, su instinto se volvió mucho más agresivo y peligrosamente territorial hacia cualquier extraño. Y para empeorar las cosas, para ese entonces, la simpatía de la gente se había convertido en un miedo generalizado. El animal se volvía abiertamente violento si no lograba reconocer a alguien.

Los chicos del vecindario ya no podían acercarse lo suficiente para sacarse fotos con la celebridad local, e incluso los reporteros no se atrevían a entrevistarlo por miedo a sufrir un ataque. El peligro era tan obvio que después del escape de Travis en 2003, activistas y expertos habían impulsado una ley en el estado de Connecticut para prohibir la tenencia de grandes primates como mascotas.

Específicamente, los primates de más de 20 kg debían tener un permiso especial y los dueños debían firmar una declaración jurada de que se harían responsables de cualquier consecuencia. Sin embargo, debido a vacíos legales y porque Travis vivía con Sandra desde que nació, el chimpancé no se vio afectado y permaneció en su hogar, a pesar de que su comportamiento era cada vez más errático.

Desesperada por mantener el control sobre su hijo, un chimpancé que era más pesado y tenía el doble de fuerza que ella, Sandra recurrió a la medicación. Un veterinario le había recetado a Travis unas dosis de Xanax, un ansiolítico muy potente para humanos, para controlar sus momentos de ansiedad o los brotes que el chimpancé empezaba a mostrar cada vez con más frecuencia.

El problema fue el uso desesperado que se hizo de esa droga. El 16 de febrero de 2009, al ver que Travis se había despertado completamente agitado, golpeando cosas y negándose a entrar a la casa, Sandra decidió darle una dosis de Xanax escondida en su té para intentar calmarlo. Lo que Sandra no tuvo en cuenta es que en el cerebro de un chimpancé, si el animal ya está en un pico de estrés, esta medicación puede causar un efecto paradójico.

En lugar de drogarlo o dormirlo como a un humano, el químico borró los pocos frenos inhibitorios que le quedaban, desatando una combinación fatal: episodios de rabia psicótica, alucinaciones y una pérdida total del control de los impulsos. Para esa tarde de febrero de 2009, Travis era una bomba de tiempo química y biológica.

Vivía encerrado, con una obesidad deformante de 90 kg, sobremedicado y con un instinto territorial al límite tras la muerte de Jerome. Solo faltaba una chispa que lo encendiera, y esa chispa tenía nombre y apellido: Charla Nash. El fin de semana previo a aquel lunes 16 de febrero, Sandra y una gran amiga llamada Charla decidieron hacer un viaje juntas para celebrar el Día de San Valentín.

Fueron a la peluquería y luego al casino, dejando a Travis en la propiedad durante dos días. En esa salida, Charla se hizo un corte de pelo completamente distinto y adoptó un nuevo peinado, un cambio estético común para cualquier humano. Pero veremos que para Travis fue un detalle fatal. Cuando Sandra regresó a casa en la mañana del lunes 16 de febrero, se encontró con el peor escenario posible.

Travis estaba completamente perturbado, embotellando la frustración, la soledad y la ansiedad de todo el fin de semana. Para las 3 de la tarde, la situación en la casa de los Herold ya era caótica. Y aquí es donde Sandra le da su té con Xanax. El té con Xanax que Sandra le había dado no lo había adormecido. Debido a su estado de estrés, la droga le causó un efecto paradójico de hiperactividad paranoica.

El chimpancé de 90 kg había escapado de la casa con las llaves del auto de Sandra, corriendo salvajemente por el jardín, golpeando las ventanas y negándose rotundamente a entrar. Desesperada, sola y superada físicamente por el animal, Sandra comete un error muy grave. Por miedo a que las autoridades le quiten a su chimpancé, decide llamar a Charla Nash, de 55 años.

Charla no solo era su mejor amiga y empleada en el negocio de grúas, sino que también le alquilaba una propiedad a Sandra en otra parte de la ciudad. Conocía a Travis hace años y el animal estaba más que acostumbrado a verla. Sandra le pide un favor que parecía simple y cotidiano: que conduzca hasta la casa para ayudarla a meter a Travis adentro, advirtiéndole que el animal estaba fuera de control.

Para lograrlo, idean un plan. Ambas sabían que Travis adoraba un juguete en particular, un peluche de Elmo de Plaza Sésamo. La idea era que Charla apareciera desde lejos con el peluche para atraer su atención y hacerlo entrar. Aproximadamente a las 4:40 de la tarde, Charla Nash llega a la propiedad, baja de su auto sosteniendo el peluche en la mano, y aquí es donde comienza la pesadilla.

Bueno, Travis y Charla se conocían hace años, pero ese fin de semana, desafortunadamente, Charla se había hecho un corte de pelo diferente y lucía un nuevo peinado. Travis, con la mente nublada por el efecto del ansiolítico, que no solo no lo había drogado, sino que tuvo el efecto contrario, miró hacia la entrada y no vio a la amiga de la familia a la que conocía hace años.

Vio a una intrusa, una amenaza directa que sostenía una de sus posesiones más preciadas. Travis corrió hacia Charla con una velocidad aterradora, tomándola por sorpresa, ya que era impensable que este animal se comportara así con ella. Se le lanzó encima con toda su fuerza, la tiró al suelo y comenzó a destrozarla de manera completamente salvaje.

Estamos hablando de una mujer de 55 años contra un animal de 90 kg. Travis usó sus dientes y garras sin piedad, arrancándole los dedos, las manos, la nariz e incluso los ojos. Esto sucedía a metros de la entrada de Sandra. Para cuando Sandra intentó reaccionar, ya era demasiado tarde. Horrorizada, corrió hacia ellos, y mientras su amiga intentaba gritar por ayuda, ella hizo lo posible por detener a Travis, la bestia que había criado como a un hijo.

Le pegó en la espalda con una pala, pero Travis ni se inmutó. Corrió a la cocina, agarró un cuchillo de carnicero bastante generoso y apuñaló a Travis tres veces en la espalda, pero esto tampoco funcionó. Asustada y sin saber qué hacer, parece que Sandra recién entonces se dio cuenta de que no era un animal inocente, sino un animal salvaje.

Se encerró en el auto temiendo que Travis la atacara y a las 4:41 de la tarde llamó al 911, dejando una de las grabaciones de audio más perturbadoras de la historia policial de Estados Unidos. “Por favor, llame a la policía. ¿Cuál es el problema allí? El chimpancé mató a mi amiga. ¿Cuál es el problema con su amiga? ¡Por favor! ¿Cuál es el problema con su amiga? Necesito saber”.

“Con un arma, con un arma. Apúrense, con un arma. Por favor, apúrense. Está matando a mi amiga. ¿Cuál es el problema? Está matando a mi amiga. ¿Quién está matando a su amiga? Mi chimpancé. ¡Oh, su chimpancé está matando a su amiga! ¡Apúrense! ¡Apúrense! Hay alguien en camino. ¿Qué está haciendo el mono? Dígame qué está haciendo el mono”.

“Le arrancó la cara. Le arrancó la cara. Intentó atacarme a mí. Por favor, por favor. Necesito que se calme un poco. Están en camino. ¿Puede alejarse? Por favor, apúrense. Escúcheme, están en camino, señora. ¡Tienen que dispararle! ¡Por favor, por favor! Apúrense, apúrense. ¿Está ahí con su amiga? Necesito que ayude a su amiga. ¡No puedo! Intentó atacarme ahora. ¿Sigue ahí con su amiga? ¡Sí! ¡No, no puedo! Está muerta. Está muerta. ¿Por qué? ¿Por qué dice que está muerta? Está muerta. La destrozó. ¿Qué destrozó? Su cara, todo. La destrozó”.

“Escuche, creo que voy a… creo que voy a… No, respire. Está bien, me voy a quedar con el teléfono hasta que lleguen. Por favor, apúrense. Por favor, por favor, dígales que tienen que dispararle porque intenté apuñalarlo y no… y eso lo empeoró”. Pasaron unos minutos. Los primeros patrulleros llegaron a la propiedad mientras Sandra se escondía dentro de un auto y lo que parecía ser el cuerpo de la fallecida yacía a pocos metros.

Al principio la policía pensó que estaba muerta porque realmente estaba irreconocible hasta que la vieron moverse poco después. El oficial Frank Chiafari, que conducía el primer patrullero, se encerró en su vehículo y subió las ventanillas para evaluar la situación antes de disparar, pero Travis no les iba a dar tiempo.

El chimpancé de 90 kg se lanzó a ciegas contra el auto. Intentó arrancar la puerta del conductor por las manijas y, al notar que estaba trabada, empezó a golpear el vidrio con una fuerza tremenda hasta que lo hizo estallar por completo. Metió su cabeza ensangrentada dentro del habitáculo, mostró sus enormes colmillos y lanzó un rugido salvaje directo a la cara del oficial.

Estaba a centímetros de alcanzarlo y empezar a destrozarlo a él también. Sin otra opción para salvar su vida, el oficial Chiafari desenfundó su arma reglamentaria y disparó a quemarropa. Cuatro balas de 9mm impactaron a Travis directamente en el pecho. Cualquier otro animal habría caído muerto en el acto, pero la adrenalina, la masa muscular y un estado de rabia psicótica mantuvieron a Travis en pie.

El chimpancé retrocedió, salió del auto y, dejando un espeso rastro de sangre en la nieve, regresó tambaleándose a la casa. No intentó atacar a nadie más. Travis entró a la casa en la que había vivido durante 14 años. Pasó por la cocina donde tantas veces había comido bifes y pasta con sus dueños y caminó por el pasillo hasta llegar a su lugar seguro, su propia habitación.

Allí, al lado de su cama, donde dormía envuelto en sábanas humanas, el chimpancé, que alguna vez fue una estrella de televisión, colapsó. Travis se desangró en el piso de su habitación, marcando el trágico y violento final de una ilusión que nunca debió haber comenzado. Entonces, ¿qué pasó con Charla? Contra todos los pronósticos médicos, Charla Nash sobrevivió al ataque, pero sus heridas fueron devastadoras y horrorosas.

No se me ocurre otra forma de decirlo. Travis le arrancó completamente la nariz, los labios, los párpados y la mandíbula, destruyendo toda la estructura ósea de su cara. Y debido a las infecciones masivas causadas por las bacterias en la saliva del mono, los médicos tuvieron que extraerle ambos globos oculares, dejándola completamente ciega. Además, sus manos quedaron tan dañadas que los cirujanos no tuvieron otra opción que amputarle ambos brazos desde el antebrazo.

En 2011, después de pasar dos largos años cubriéndose la cara con un velo para no impresionar a los demás, Charla se sometería a un histórico trasplante de cara completa, convirtiéndose en un símbolo de resiliencia, aunque su vida cambió para siempre. Para Sandra Herold, el autoengaño y la fantasía de poder domesticar a un chimpancé salvaje sin consecuencias terminó de la manera más cruel.

No solo vio cómo se destruía la vida de su mejor amiga, sino que también tuvo que apuñalar y ver morir al animal que consideraba su hijo. La sociedad y los medios la señalaron con el dedo, y esto solo empeoró a medida que salían a la luz los detalles. Por ejemplo, cuando la prensa empezó a informar que se había encontrado Xanax en el sistema de Travis, todos la acusaron rápidamente de habérselo dado para evitar enviarlo con otros chimpancés y tener que despedirse de él.

Sandra intentó defenderse contando nuevamente la historia de que para ella era como un hijo al que había criado desde pequeño y que aun así, según sus palabras, tuvo el coraje de apuñalarlo tres veces. Específicamente, pronunció una frase que quedó en la memoria colectiva: “Mientras lo apuñalaba, sentía como si me estuviera apuñalando a mí misma”.

La familia de Charla presentó una demanda de 50 millones de dólares en su contra, y de ahí en adelante la vida de Charla se volvió extremadamente publicitada debido a la curiosidad e incluso a la fascinación mórbida que generaba. Sin embargo, la búsqueda de justicia por parte de Charla, su familia y sus abogados se vio rápidamente truncada. Apenas 15 meses después de la tragedia, en mayo de 2010, Sandra murió a los 72 años, muriendo sola en la misma casa donde Travis había matado.

Pero las consecuencias llegaron incluso para quienes intentaron salvar aquel día. El oficial Frank Chiafari, aclamado como un héroe por salvar la vida de Charla, sufrió un trastorno de estrés postraumático severo. El impacto psicológico de haber estado a centímetros de que su vida terminara y tener que abatir a un animal que lo miraba con ojos casi humanos lo persiguió durante años.

Y las heridas de Charla eran tan aberrantes que el hospital de Stanford tuvo que brindar terapia psicológica de emergencia a los médicos, cirujanos y enfermeras que la trataron en la sala de emergencias. Ninguno de ellos, a pesar de sus años de experiencia, estaba preparado para ver un cuerpo humano destruido con tal nivel de salvajismo. Pero el mayor impacto de Travis no se quedó dentro de las paredes de ese hospital, sino más bien en las leyes.

Su ataque fue el detonante final para que el Congreso de los Estados Unidos y múltiples países aprobaran regulaciones estrictas que prohíben por completo el comercio y la tenencia de grandes primates como mascotas exóticas. Hizo falta una tragedia de esta magnitud para que el mundo entendiera lo que hoy es evidente. Un chimpancé no es un niño con traje, un actor de televisión o un compañero de sillón para ver películas mientras se bebe vino en copas de cristal.

Es un animal salvaje con una fuerza inmensa y un instinto biológico que no se puede borrar con amor, comida chatarra o hábitos humanos.

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