Detrás de un matrimonio perfecto se escondía un crimen atroz… El caso de Belinda Temple.
La historia que vamos a desenterrar hoy tiene todos los ingredientes de una pesadilla: una familia aparentemente feliz, un embarazo que traía esperanza y una escena del crimen que dejó más preguntas que respuestas. Estamos hablando de los Temple, una pareja que en enero de 1999 esperaba con ansias la llegada de su segundo hijo.
Los médicos ya les habían advertido que el parto podía adelantarse, que cualquier día podía ser el indicado. Linda, con ocho meses de embarazo, cargaba con el agotamiento propio de esa etapa. Sumado a la exigente rutina de cuidar a Evan, su hijo mayor, un niño que requería atención constante. Esa tarde, David quiso darle un respiro a su esposa.
Decidió liberarla de las tareas del hogar y encargarse él mismo de Evan para que Belinda pudiera descansar sin interrupciones. Tomó al pequeño de la mano y se fueron a pasear al parque cercano. El aire fresco y el juego hicieron su efecto. El cansancio y el hambre aparecieron rápidamente, así que padre e hijo se detuvieron en un café para compartir un sándwich y una Coca-Cola.
Tras haber recuperado energías, se subieron al auto y comenzaron el viaje de regreso a casa. Pero al llegar, David notó algo que lo dejó helado. El vidrio de la puerta principal estaba roto. Sin dudarlo, tomó a Evan y cruzó la calle hacia la casa de los Harland, unos amigos de la familia que vivían enfrente.
Sin dar muchas explicaciones, le dijo a su hijo que se quedaría ahí un rato. El niño, confundido, preguntó por su madre y David improvisó una respuesta rápida: “Está en el hospital”. Quenton Harland, el vecino, apenas tuvo tiempo de abrir la puerta antes de que David dejara al pequeño en el living y corriera de vuelta a su casa sin decir una palabra.
Confundido, Quenton le pidió a su mujer que cuidara al niño y fue tras su amigo, gritándole para que le explicara qué estaba pasando. Encontró la respuesta al cruzar el umbral de la casa de los Temple. La puerta principal estaba destruida y la vista al interior era desoladora: armarios abiertos, pertenencias esparcidas por el piso y un rastro de sangre serpenteando desde la entrada hasta las escaleras.
Quenton empujó a David a un lado y entró a la casa. Ahí, bajo las escaleras, en un pequeño vestidor, encontró a Belinda. Estaba tendida boca abajo, con los brazos extendidos y un agujero devastador en la nuca. David, paralizado, no soltó ni un gemido. No se arrodilló al lado del cuerpo de su esposa ni intentó ayudarla.
Con una frialdad que inquietó a Quenton, sacó su celular y llamó al número de emergencias. El operador, sin terminar de comprender la brutalidad del crimen, le pidió que le tomara el pulso a Belinda y comenzara maniobras de reanimación cardiopulmonar. La respuesta de David fue un grito lleno de desesperación e incredulidad: “¿Reanimación? ¿De qué está hablando? ¡La cabeza de mi esposa está destrozada contra la pared!”.
Los oficiales llegaron al lugar a los pocos minutos, pero se encontraron con un obstáculo inesperado. Shak, el bull terrier de la familia, ladraba y gruñía con furia, impidiendo que los uniformados entraran. Uno de los oficiales llegó a desenfundar su arma, pero David, ya afuera, les ordenó que guardaran sus pistolas y se encargó él mismo de encerrar al perro en el garaje.
Una vez adentro, la policía comenzó a inspeccionar la escena. Todo apuntaba a un robo que salió mal, pero pronto empezaron a surgir contradicciones. Para entender las capas de este caso, es necesario retroceder en el tiempo hasta 1986. Belinda vivía entonces en su ciudad natal, mientras que su hermana gemela, Brenda, se había ido a la Universidad Steve Austin.
Belinda se quedó porque estaba saliendo con Marshall Kelme, un joven tres años mayor que la había cautivado por completo. Sus padres no aprobaban esa relación. Temían que descuidara sus estudios y terminara convirtiéndose en una madre joven, como solía suceder en esos casos. Los conflictos en casa eran constantes y Carol, la madre de Belinda, solía decirle las cosas con dureza:
“No es nadie para vos. Cuando te cases, podés irte, pero mientras tanto, tenés un techo donde vivir”. Belinda, sin embargo, era una mujer de carácter. Tomó esas palabras como un desafío. En una cena familiar a la que Marshall fue invitado, anunciaron su compromiso. El silencio fue ensordecedor. “Bueno, ya lo han decidido”, fue todo lo que su madre logró decir, y la velada transcurrió en un silencio absoluto. Belinda quería demostrar que era adulta y capaz de tomar sus propias decisiones. Marshall, por su parte, no mostró gran entusiasmo, pero tampoco se opuso. La boda fue modesta: el vestido de su hermana, unos pocos amigos, la firma del acta matrimonial y un paseo por la ciudad festejando con champagne.
Al día siguiente, Belinda hizo sus valijas y se mudó con su marido, que seguía viviendo con sus padres. No tenían planes de alquilar su propio lugar y el matrimonio no cambió la dinámica de su relación. Belinda había dado ese paso para callar a las críticas y ser independiente, pero la vida le tenía preparada una amarga sorpresa.
Apenas habían pasado seis meses cuando Marshall empezó a llegar tarde a casa, usando siempre el trabajo como excusa. Belinda, sintiendo algo extraño, decidió seguirlo una tarde. Lo vio caminando de la mano con otra mujer, sin hacer una escena ni mostrar celos. Juntó sus cosas y regresó a la casa de su madre.
Marshall intentó recuperarla con llamadas y visitas, pero Belinda era demasiado orgullosa para perdonar una infidelidad. El divorcio era inminente. Para 1987, Belinda necesitaba un nuevo comienzo. Siguió los pasos de su hermana y se inscribió en la Universidad Estatal Stephen F. Austin. Ahí encontró su verdadera vocación. Además de sus estudios, trabajaba como entrenadora de básquet, un rol que la llenaba de satisfacción.
Fue en ese entorno donde conoció a David Temple. Él también era entrenador, pero de fútbol americano y capitán del equipo universitario. El deporte era su vida desde niño y su talento en la cancha era innegable. A pesar de su temperamento explosivo —podía recurrir fácilmente a los insultos o incluso a la violencia física—, los profesores lo admiraban por su desempeño.
Se decía que su agresividad en la cancha era producto del uso de esteroides. Con Belinda, sin embargo, David mostraba su mejor cara. Era detallista y atento. Parecía dispuesto a llevarla en brazos, pero con una excepción: si alguien se atrevía a mirar a su novia, David se transformaba y buscaba el enfrentamiento físico.
Sus padres adoraban a Belinda. La veían como la mujer ideal para su hijo. Pero la hermana gemela de Belinda y sus amigos más cercanos no compartían ese entusiasmo. Recordaban a una Belinda fuerte e independiente, no a la mujer sumisa y apagada en la que se había convertido. Su vida giraba en torno a complacer a David.
Esta dinámica tóxica la alejó gradualmente de su familia. Las llamadas a sus padres se hicieron menos frecuentes. Las visitas durante los fines de semana o feriados se volvieron casi inexistentes. Durante esos años, la pareja adoptó a Shak, el bull terrier, y al recibir sus títulos universitarios, sellaron finalmente su unión. Viajemos hasta 1998.
Belinda, ya embarazada, trabajaba a tiempo parcial como docente en una escuela. Los alumnos la respetaban y le temían un poco, aunque siempre reconocían su justicia. Le preocupaba no poder preparar a su equipo para una competencia interuniversitaria por su estado, sobre todo porque su colega, Richard Bachman, era un desastre, un cuarentón apático que ya había confesado que, si pudiera, habría dejado la enseñanza hace años.
Belinda no soportaba esa indiferencia, mucho menos la negligencia hacia los jóvenes. Por eso, cuando notó que Riley Joe Sanders, un estudiante de último año, no pisaba el aula desde hacía meses, no dudó en preguntarles a sus colegas. La respuesta fue evasiva: el chico venía de una familia problemática, a nadie le importaba y casi nunca se lo veía en la escuela. Belinda no se conformó.
Esa misma noche visitó a la madre del joven, que vivía cerca, y tuvieron una conversación seria. Pareció haber funcionado, porque Riley volvió a clases y estaba entrenando junto a los demás estudiantes. Pero durante un partido de básquet, Sanders empujó a un oponente. Belinda lo confrontó por su actitud y el joven estalló.
La insultó con palabras vulgares y lanzó una amenaza escalofriante: “Vas a pagar por esto. Más te vale tener cuidado, especialmente al caer la noche”. En 1996, mientras David construía una vida con Belinda, también tejía una doble existencia. Junto a su vecino y amigo, Quenton Harland, compartía horas de trabajo y ocio.
Ambos asistían a la misma escuela y Quenton pensaba que su amistad era sólida, pero la llegada de Heather Scott, una joven maestra, cambió todo. Quenton intentó cortejarla, pero fue rechazado. Para su sorpresa, fue David quien logró conquistarla. Quenton sintió una mezcla de bronca y desprecio.
Su amigo, que estaba casado y tenía un hijo, mantenía una aventura secreta a espaldas de todos. Sin embargo, Quenton guardó silencio. Heather, por su parte, ignoraba por completo que su novio tenía esposa. David no usaba anillo de bodas y nunca hablaba de su hogar. La relación era tan obvia que el resto del personal docente empezó a murmurar.
Belinda, mientras tanto, sospechaba. En una conversación con Quenton, le confesó que creía que su marido le era infiel. Quenton, fiel a su rol de amigo, la tranquilizó: “Tenés mucha imaginación. David es un gran esposo y padre”. Pero la realidad era otra. La actitud de David hacia Belinda se había vuelto despreciativa.
La insultaba frente a otros, criticaba su peso y le pedía que se fuera cuando había visitas. En lugar de confrontarlo, Belinda aceptaba el abuso en silencio, aunque por las noches lloraba, sintiéndose profundamente infeliz. Mientras tanto, David disfrutaba de su nueva relación con Heather. El 22 de enero de 1999, los investigadores se enfrentaron a una escena desconcertante.
Si fue un robo, ¿cómo había entrado el ladrón sin que el perro lo hiciera pedazos? ¿Y por qué no se llevaron nada de valor? En la habitación encontraron una pequeña caja con joyas de oro intactas. El televisor estaba tirado en el suelo, pero no había señales de que nadie hubiera registrado la casa a fondo.
Todo parecía un montaje. La puerta también ofrecía pistas. El vidrio roto estaba esparcido hacia adentro, lo que indicaba que se rompió cuando la puerta ya estaba abierta. ¿Por qué forzar una puerta que ya no estaba cerrada? Luego estaba el arma homicida. Según la autopsia, el disparo con una escopeta calibre 12 había sido efectuado a quemarropa en la nuca mientras Belinda estaba de rodillas.
Una escopeta no es un arma común en los robos. Es difícil de ocultar y transportar, especialmente a las 4 de la tarde y a plena luz del día. Cuando los oficiales le preguntaron a David si tenía armas en casa, respondió que sí, que tenía un par de rifles y se los mostró. Pero la escopeta que pudo haber matado a Belinda no estaba entre ellas.
Los oficiales le pidieron que los acompañara a la comisaría para prestar declaración y hacer un inventario de los objetos robados. David, visiblemente nervioso, accedió. Evan quedó al cuidado de los Harland, aún sin saber que su madre había muerto. La investigación continuó. Ocho días antes del crimen, se había denunciado un robo en una casa vecina.
El responsable era Riley Joe Sanders, el mismo estudiante que había amenazado a Belinda. Fue interrogado, pero carecía de coartada para el día del asesinato. Además, su padre poseía una escopeta calibre 12, pero al allanar su casa no encontraron nada. Finalmente, Sanders confesó que el día del asesinato estaba con amigos, pero no lo dijo antes porque temía incriminar a otros que estaban consumiendo marihuana.
Los cargos en su contra fueron retirados. La tensión en el hogar de los Temple no hacía más que aumentar. David pasaba noches enteras fuera, y Belinda, temiendo una reacción violenta de su marido, prefería no preguntar. A pesar de esto, la noticia de su segundo embarazo le devolvió la esperanza. David fingía alegría, pero no se involucraba en los preparativos.
No ayudaba a pintar la habitación del bebé, ni a comprar los muebles, ni a instalar estantes en las paredes. Belinda, agotada y con ocho meses de embarazo, hacía todo sola. Salía de compras, pintaba las paredes y armaba los muebles comprados. David no ponía ningún esfuerzo. En diciembre, al acercarse la Navidad, Belinda quiso hablar con su marido sobre los regalos que se darían.
Pero David sugirió que no intercambiaran regalos ese año, que el dinero ahorrado estaría mejor invertido en el bebé que estaba por nacer, especialmente porque los médicos ya habían advertido que el parto podía ser prematuro y el bebé podía nacer antes de Año Nuevo. Llegó la Navidad y David no le dio a Belinda ni un pequeño presente.
Peor aún, de repente hizo sus cosas y le dijo que pasaría todas las fiestas de Año Nuevo cazando con amigos. Una Belinda angustiada llamó a su hermana, que dejó todo para estar con ella y que no se sintiera abandonada. Pero David, claro, no fue a cazar. Pasó las fiestas con Heather, y el collar de oro que ella lució esa noche había sido un regalo suyo. Pasaron los años.
En 2007, todo parecía indicar que David Temple había enterrado el pasado, como si Belinda nunca hubiera existido. Se había casado con Heather en 2001 y juntos criaban a Evan. Pero en noviembre de 2004, la policía llamó a su puerta. En el umbral, los oficiales lo esposaron y le notificaron que quedaba detenido como sospechoso del asesinato de Belinda Temple. David, como siempre, lo negó todo.
El juicio no comenzó hasta 2007. La fiscalía argumentó que el móvil del crimen era su nueva relación sentimental con Heather. Compañeros de trabajo declararon que durante el embarazo de Belinda habían escuchado a David alardear de cómo había transformado a su mujer, de gorda y embarazada, en una joven y hermosa mujer.
Según la versión de la fiscalía, David mató a Belinda apenas llegó a casa del trabajo, mientras aún vestía su uniforme y sus zapatos de trabajo. Luego fingió el robo registrando la casa y se fue rápidamente al parque con su hijo, lo que le dio una coartada. La fiscalía también señaló que no se habían robado nada de la casa y que el perro guardián del patio impediría que cualquier extraño entrara.
El arma homicida probablemente fue arrojada por David a un rosal, ya que hubo testigos que vieron su auto detenido cerca de esa ubicación con Evan adentro. Sin embargo, la escopeta nunca fue recuperada en esa zona. El testimonio de Heather fue crucial. Declaró que antes del asesinato de Belinda, su relación con David no era seria y que ni siquiera lo amaba.
A David no le gustaron nada estas palabras e introdujeron confusión en la decisión del jurado. ¿Podría un hombre matar a su mujer por una relación que no era seria? ¿O Heather estaba mintiendo para salvar a su marido? En noviembre de 2007, David fue condenado a cadena perpetua. Pero la historia no terminó ahí.
En 2009, un amigo de Riley Sanders se presentó ante la policía para aligerar su conciencia. Según su testimonio, años atrás, Riley le había contado cómo había tomado la escopeta de su padre para robar la casa de los Temple y darle una lección a su maestra por hablar con su madre sobre su ausentismo escolar. Riley casi logra entrar a la casa, pero Shak salió del garaje y le ladró.
Le disparó al perro, pero erró el tiro, y asustado por el ruido de la escopeta, huyó rápidamente por miedo a que los vecinos lo escucharan. Este testimonio fue presentado ante el tribunal y se inició una revisión del caso. David salió bajo fianza mientras se reabría la causa. Heather, que no quería ser la esposa de un hombre que había pasado tanto tiempo en prisión y que podía volver a ser encarcelado, pidió el divorcio.
El jurado tardó mucho en decidir la sentencia de David, pero durante ese período, mientras Temple estaba libre y el tribunal aún no había dictado sentencia, estalló la pandemia. Recién en 2023 se revisó el caso. Finalmente, David fue declarado culpable y sentenciado a cadena perpetua con posibilidad de libertad condicional después de 17 años.
Su hijo Evan, durante todo el proceso, se negó a creer que su padre fuera capaz de un asesinato a sangre fría y lo apoyó hasta el final del juicio. Gracias por acompañarnos en este recorrido por un caso que sacudió a toda una comunidad. Si te interesa el True Crime, suscribite, porque hay muchas historias más impactantes esperando ser contadas.
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