
EL MISTERIO DE “PEQUEÑO J”: LA CONFESIÓN INÉDITA QUE INTENTA CAMBIAR LA HISTORIA DEL TRIPLE CRIMEN DE FLORENCIO VARELA
El conurbano bonaerense tiene una memoria manchada de sangre, pero pocas veces un caso ha calado tan hondo en la sensibilidad pública como la brutal masacre de Florencio Varela. El triple crimen de Brenda Correa, Morena y Lara no es solo una tragedia que enlutó a tres familias; es una radiografía descarnada de los submundos narcos que operan a plena luz del día en los márgenes del Gran Buenos Aires. Ahora, el caso ha dado un giro inesperado. La Justicia Federal de Morón, que tiene en sus manos uno de los expedientes más calientes de los últimos años, ha escuchado por primera vez la voz de uno de los principales imputados.
El documento, al que tuvimos acceso de manera exclusiva, consta de 13 páginas de pura tensión judicial. Es la declaración indagatoria del llamado “Pequeño J”, el joven peruano que huyó de la Argentina, fue capturado en su país natal y finalmente extraditado para enfrentar cargos que, de probarse, lo sepultarán en prisión perpetua: tráfico de estupefacientes, pertenencia a una organización narcocriminal transnacional y, lo más aberrante, el triple homicidio agravado.
Sin embargo, frente al juez federal Jorge Rodríguez y en un cambio radical de estrategia asesorado por su nuevo equipo de abogados en Argentina, “Pequeño J” decidió hablar. Y lo que dijo es una mezcla escalofriante de excusas insólitas, acusaciones cruzadas y un intento desesperado por despegarse del baño de sangre, mandando al frente a todos sus cómplices. ¿Estamos ante un joven ingenuo que estuvo en el lugar equivocado en el momento equivocado, o ante la mente maestra de un sociópata que sabe exactamente cómo manipular al sistema?
El pibe que vino por Messi, el asado y terminó en el infierno
La declaración indagatoria arranca con una formalidad que de por sí ya marca la cancha. “Pequeño J” rechaza su propio apodo. Ante la ley, se presenta como “Tony”, negando cualquier vínculo con el alias que aterra a los pasillos de la Villa Zabaleta. Dice llamarse Hansen Valverde Victoriano, portador de DNI peruano, hijo de Hansen Valverde Rodríguez y Viviana Dalmira Victoriano, nacido el 10 de septiembre de 2005 en la ciudad de Trujillo, Perú.
El primer punto de quiebre en su relato de 13 páginas es su llegada a la Argentina. En un expediente donde se debaten sicariatos, prostitución y narcotráfico, la justificación de su desembarco en nuestro país parece sacada de una comedia negra. Según sus propias palabras, al cumplir los 18 años, su familia en Perú decidió hacer un viaje a Chile para conocer. Pero él, en un acto de supuesta independencia adolescente, se negó.
“Yo elegí Argentina”, le dijo a la Justicia. ¿El motivo? No fue la búsqueda de un futuro prometedor ni una red de contactos previa, según él. Eligió nuestro país porque “había escuchado hablar del asado, de Messi, del locro, de los ñoquis y del Obelisco”.
Con esa premisa turística e inocente, afirma haber ahorrado peso por peso en Perú para comprar su pasaje. Y, de manera “automática” y casi por inercia, al llegar en octubre de 2024, su primer destino no fue Palermo ni San Telmo, sino el corazón de la Villa Zabaleta en la Ciudad de Buenos Aires. Su coartada de vida, relata, era la de un humilde vendedor ambulante de ropa. De vender medias y remeras en los pasillos de la Zabaleta a ser acusado de orquestar un triple femicidio narco, hay una distancia abismal. Y es esa distancia la que su nueva defensa intenta explotar.
La sombra de Celeste: El “Capo Narco” vs. “El Cadete”
Para entender la magnitud de la declaración de Tony, hay que retroceder a los primeros días de la investigación. Cuando los cuerpos de Brenda, Morena y Lara fueron hallados, la policía detuvo casi de inmediato a Celeste, la dueña de la propiedad donde ocurrió la masacre.
Acorralada, Celeste prácticamente confesó en el lugar de los hechos y se convirtió en una especie de testigo arrepentida de facto. Fue ella quien pintó el retrato más oscuro de “Pequeño J”. Para Celeste, este joven no era un turista culinario, sino un pesado del narcotráfico. Lo señaló como el cerebro detrás de la operación, el hombre que controlaba el narcomenudeo entre la Zabaleta y Florencio Varela, y el monstruo que engañó a las tres chicas para llevarlas a su propio matadero.
Con esa espada de Damocles sobre su cabeza, Tony tenía que responder. Y su estrategia fue la del “cadete”. Ante la pregunta sobre su vínculo con la banda criminal, relató un encuentro que roza lo inverosímil. Dijo que, caminando por las calles de la Villa Zabaleta, se cruzó “de casualidad” con un compatriota de su ciudad natal, Trujillo: Miguel Ángel Villanueva, alias “Julio” o “El Gato”.
Villanueva es otro de los principales imputados en la causa. Según Tony, “El Gato” lo contrató de manera esporádica para hacer “mandados y presencias”. “Yo era el chico de los mandados”, se definió. Esta es la piedra angular de su defensa: reducirse a un mero eslabón sin poder de decisión, un chico recién llegado que hacía favores por unos pocos pesos sin saber qué monstruo estaba alimentando.
La trampa de Flores y una advertencia mafiosa
La Justicia no se iba a quedar con la historia del vendedor de ropa. Hay videos, pruebas fílmicas irrefutables, que ubican a “Pequeño J” caminando junto a las víctimas por el barrio porteño de Flores semanas antes de la masacre. ¿Cómo explica el turista que vino por el asado y Messi su vínculo con las chicas asesinadas?
Aquí es donde Tony empieza a disparar munición gruesa contra sus coimputados, intentando desviar la responsabilidad del triple homicidio hacia un caso de proxenetismo en el que él fue, supuestamente, solo un intermediario.
Relata que el 6 de septiembre de 2025, siguiendo las órdenes estrictas de Villanueva, ofició de reclutador. “Recluté en Flores a Morena, a Lara y a Brenda Correa para un servicio de prostitución”, confesó. El destinatario de este “servicio” era un hombre apodado “El Gordo”, otro de los nombres que figuran en rojo en el expediente de la masacre.
Tony asegura que su papel terminó allí. Cobró 80.000 pesos por la gestión, lo que hoy no alcanza ni para llenar el changuito del supermercado, intentando demostrar lo bajo que era su rango en la organización. Revela, además, un detalle escalofriante sobre su vínculo con las víctimas: admite haber tenido relaciones sexuales con una de ellas. Según su testimonio, esa chica, en un tono de macabra ignorancia sobre su destino final, le habría dicho: “No sabés la fiesta que nos vamos a pegar”.
Pero la declaración se vuelve aún más oscura cuando describe un segundo encuentro en un boliche. Tony, quizás movido por la curiosidad o por el instinto, afirma haber intentado indagar más sobre la naturaleza del “servicio” que las chicas iban a prestarle al “Gordo”. Quería saber qué tipo de “fiesta” se estaba planeando. La respuesta de Villanueva (“El Gato”), el hombre que lo contrató, fue tajante y mafiosa: “No preguntes nada más si no querés que termine mal”.
Con esa frase, Tony intenta demostrarle al juez que él estaba excluido del círculo de confianza, amenazado y completamente ciego ante el plan homicida que ya se estaba gestando.
Chañar 702: Un recorrido inmobiliario hacia la muerte
El punto más débil y a la vez más audaz de la declaración de Tony ocurre cuando el interrogatorio lo lleva al lugar de los hechos: la casa ubicada en la calle Chañar 702, en Florencio Varela. La escena del crimen.
Cualquier abogado penalista sabe que situar a un imputado en la escena del crimen es medio pasaje a la condena. Sin embargo, Tony reconoce haber estado allí. ¿Cómo zafa de esto? Jugando con la línea de tiempo.
Asegura que fue a esa casa el 18 de septiembre, el día exacto en que los fiscales creen que se planificó la masacre, pero argumenta que su presencia fue meramente casual. “Fui acompañando a ‘El Gordo’ y al lugar llegó Villanueva Silva”, detalla. Allí, dice, conoció a Celeste, la dueña de la casa y quien hoy lo acusa de ser el autor intelectual del crimen.
Lo que describe a continuación parece un grotesco tour inmobiliario. Tony cuenta que el Gordo le estaba mostrando las habitaciones a Villanueva, analizando el espacio, y que a él le dijeron que en ese lugar iba a funcionar “una parrilla”. Afirma, con una frialdad que asusta, que mientras veía las habitaciones jamás imaginó que ese lugar estaba siendo preparado como un matadero clandestino para asesinar a las tres jóvenes que él mismo había reclutado días atrás en el barrio de Flores.
“Yo estuve ahí, pero no las maté, ni sabía del plan”, es su mantra. Reconoce el escenario, reconoce a los actores, pero niega rotundamente haber leído el guion de la obra macabra que estaba por ejecutarse.
La noche del horror: Videojuegos y antenas de celular
La gran pregunta del Juez Federal Jorge Rodríguez llegó inevitablemente a la noche del 19 de septiembre, el momento en que la sangre corrió en Florencio Varela. Las acusaciones originales lo sitúan ejecutando la venganza narco, acribillando a las jóvenes.
La respuesta de “Pequeño J” es el epítome de la coartada del siglo XXI. “La noche de la masacre yo estaba en mi casa en la Villa Zabaleta”, sentenció.
Ante la repregunta sobre cómo podía probarlo, Tony no apeló a testigos que pudieran ser acusados de falso testimonio. Apeló a la tecnología. “Estaba en mi casa jugando a los videojuegos y comprando comida. Esto lo tengo respaldado por la antena de mi celular, que impactó toda la noche del día de la masacre en mi domicilio. Yo no estuve ahí”.
En el derecho penal moderno, las sábanas de llamadas y la geolocalización de las antenas de telefonía celular son pruebas clave. Si la pericia técnica confirma que el celular de Tony estuvo ininterrumpidamente conectado a la antena de Zabaleta, la fiscalía tendrá un enorme problema para ubicarlo físicamente apretando el gatillo en Varela. Por supuesto, la fiscalía argumentará que pudo haber dejado el teléfono en su casa a propósito para crear esta misma coartada. Es un juego del gato y el ratón donde la tecnología será la jueza final.
La mañana siguiente: Ropa mojada y el arma del crimen
Si la noche del 19 Tony jugaba a los videojuegos, la madrugada del 20 de septiembre lo devolvió a la realidad del conurbano más violento. Su relato sobre lo que pasó horas después de los asesinatos es quizás la parte donde más “manda al frente” a sus secuaces.
Según su indagatoria, tras el crimen, la rutina criminal continuó con un intento de aparentar normalidad. Cuenta que Villanueva le pidió que acompañara al Gordo a comprar un auto. Al llegar al punto de encuentro, ya estaba Víctor Sotacuro Lázaro, otro de los nombres pesados del expediente.
Tony afirma que, mientras esperaba, se quedó dormido. A las 6:00 de la mañana, fue despertado bruscamente por otro de los implicados, de apellido Osorio. La descripción que hace de Osorio y de otro sujeto conocido como “El Negro” es cinematográfica y autoinculpatoria para la banda: “Llegaron empapados, mojados, con los zapatos llenos de tierra”. La imagen de sicarios volviendo de deshacerse de cuerpos o limpiando una escena del crimen en medio de la noche bonaerense es evidente.
Pero la participación de Tony no terminó en ser un simple observador de hombres mojados y embarrados. Osorio se le acercó y le entregó un arma de fuego y una caja de balas. El mensaje fue claro: “Miguel me dijo que te diera esto. Por esta tarea de guardarla, te vamos a pagar 50.000 pesos”.
Una vez más, el número irrisorio. 50.000 pesos por esconder el arma homicida de un triple femicidio que conmocionó al país. Tony acepta haber recibido el arma, lo cual lo convierte, como mínimo, en partícipe necesario por encubrimiento agravado. Sin embargo, en su lógica, confesar este delito menor es el salvavidas para evitar la condena por la autoría material del triple homicidio.
Análisis de una estrategia desesperada
La lectura atenta de estas 13 páginas de declaración deja en claro que no estamos ante las palabras de un improvisado. Ya sea por su propia astucia de supervivencia callejera o por el brillante y cínico libreto armado por sus abogados defensores en Argentina, “Pequeño J” ha construido una narrativa que encaja milimétricamente en las grietas del expediente.
El resumen de su jugada es brillante desde lo legal, aunque moralmente repudiable. Él dice: “Sí, yo conocía a la banda de Trujillo. Sí, yo contacté a las víctimas y las entregué para prostitución. Sí, yo estuve en la casa del crimen el día anterior. Sí, yo recibí el arma homicida de manos de los asesinos cubiertos de barro”. Acepta toda la periferia del crimen, neutralizando las pruebas secundarias que la fiscalía tiene contra él (como los videos en Flores o la tenencia del arma).
Pero en el núcleo del horror, en el momento en que se apretó el gatillo y se apagaron las vidas de Brenda, Morena y Lara, Tony traza una línea roja inexpugnable: “Yo estaba jugando a la Play en Zabaleta, y mi celular lo prueba”.
La estrategia es clara: ensuciar a Villanueva, al Gordo, a Osorio y a Celeste. Presentarse como el perejil de la organización, el chico de los recados que cruzó la frontera soñando con comer asado y ver el Obelisco, y terminó envuelto en un ajuste de cuentas narco sin comerla ni beberla. Al enviar a todos sus cómplices al frente, Tony busca romper el pacto de silencio mafioso con la esperanza de que la Justicia valore su “colaboración”, aunque él no se presente formalmente como arrepentido.
La pregunta que flota en los tribunales federales de Morón y en las calles de tierra de Florencio Varela es si un tribunal argentino, con la presión social de un triple asesinato de jóvenes mujeres sobre la espalda, estará dispuesto a creer en la inocencia del “chico de los mandados”.
Celeste ya dictó su sentencia desde el calabozo, señalándolo como el líder despiadado. Tony, desde su estrado, jura que es solo un turista atrapado en una red que le quedó enorme. En el medio, hay tres chicas muertas, familias destrozadas, un entramado narco que sigue operando con total impunidad y un expediente que quema en las manos de los jueces.
El juicio oral será una batalla campal. Se enfrentarán las antenas de celular contra los testimonios, los videos de cámaras de seguridad contra las excusas insólitas. Lo único seguro es que, detrás de las excusas de locro, ñoquis y videojuegos, se esconde la verdad de una de las noches más oscuras y sangrientas de la historia criminal reciente de la Argentina. Y la Justicia tiene ahora la difícil tarea de separar la paja del trigo en el laberinto de mentiras que ha tejido “Pequeño J”.
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