CON SOLO 17 AÑOS… ASESINÓ A TODA SU FAMILIA LA NOCHE DE AÑO NUEVO: El escalofriante triple crimen de Melchor Romero
La Plata, 1 de enero de 2020. Mientras gran parte de Argentina todavía dormía la resaca de los festejos, en una humilde casa de la calle 523 entre 164 y 165, en Melchor Romero, se vivía la peor pesadilla que una familia pueda imaginar. Graciela Holsbach (54), su pareja Raúl Félix Bravo (54) y la pequeña Alma, de apenas 5 años, fueron salvajemente asesinados a cuchilladas. El único que faltaba era Ezequiel Omar Horacio Sanso, el hijo de 17 años de Graciela, un chico callado, solitario y obsesionado con fabricar cuchillos en su propio taller.
Lo que parecía un caso de desaparición se convirtió en pocas horas en una de las historias criminales más perturbadoras del país. Ezequiel no era una víctima… era el principal sospechoso. Y lo que la investigación reveló después dejó a todo el país dividido entre quienes lo ven como un monstruo frío y quienes creen que se trató de un brote psicótico devastador.
La familia y el chico del fondo
En esa propiedad modesta convivían varias generaciones. En la casa principal vivían Graciela y Raúl. Esa noche de Año Nuevo, la hija de Graciela, Andrea, había ido a pasar las fiestas con sus dos hijas, entre ellas la pequeña Alma, de solo 5 años, y una amiga adolescente. En el fondo del terreno, separado por el patio, había un pequeño cuartito-taller donde vivía Ezequiel.
Los vecinos lo describían siempre igual: un pibe raro, que podía pasar días enteros sin hablarle a nadie. Pasaba horas y horas en su taller forjando cuchillos de caza, afilándolos con dedicación enfermiza, tallando mangos de madera. Algunos decían que su fascinación por las armas blancas les generaba escalofríos. Dentro de la casa, la relación con su padrastro Raúl no era buena. Había roces constantes, resentimientos acumulados durante años, silencios pesados que nadie se animaba a romper del todo.
Esa noche del 31 de diciembre de 2019, la familia cenó junta. Hubo comida, charlas y el clásico brindis argentino. Ezequiel no participó. Se quedó en su taller afilando cuchillos y después se fue un rato a festejar con un amigo del barrio. Pasada la medianoche, las chicas más grandes, junto a Andrea, fueron a seguir la fiesta a la plaza de Melchor Romero. La pequeña Alma se quedó durmiendo en la casa con su abuela y Raúl.
Alrededor de las 5 de la mañana, las hermanas mayores se cruzaron brevemente con Ezequiel en la plaza. Iba vestido con una remera roja y pantalones del club Estudiantes de La Plata. No hubo discusión. Solo un cruce rápido. Minutos después, Ezequiel volvió a la casa. Entró con sus propias llaves.
Lo que pasó adentro en las siguientes horas es de película de terror.
La masacre
Según la reconstrucción de la causa, Raúl fue el primero en ser atacado mientras dormía en el dormitorio principal. Ezequiel usó uno de los cuchillos que él mismo había fabricado en su taller. Raúl intentó defenderse, pero no tuvo chances. Los gritos o ruidos despertaron a Graciela, que trató de protegerse, pero también fue acuchillada en la misma habitación.
La pequeña Alma dormía en otra pieza. La nena tampoco se salvó.
Después de cometer los tres homicidios, Ezequiel hizo cosas que muestran un grado de frialdad inquietante: movió los cuerpos de los adultos hacia la cocina, tapó a su propia madre con una lona, cambió su ropa ensangrentada, escondió la que había usado durante el ataque y arrastró un pesado sillón para trabar la puerta principal desde adentro. Finalmente, escapó por una ventana de atrás.
Cuando el sol ya salía sobre Melchor Romero, el barrio empezaba a despertar sin imaginar la carnicería que había ocurrido a metros de distancia.
El descubrimiento y el horror
Andrea volvió a la casa cerca de las 22 hs del 1 de enero. Encontró todo en silencio. Las luces apagadas, pero el televisor prendido. La puerta no abría. Algo la trababa desde adentro. Empujó con fuerza hasta que logró mover el sillón y entrar.
El panorama la destruyó para siempre.
Encontró a su mamá tapada con una lona en la cocina. A Raúl, tirado a pocos metros. Y lo peor: en una bolsa negra en el piso, el cuerpito sin vida de su hija Alma. Desesperada, salió corriendo a la calle gritando. Los vecinos llamaron a la policía. En minutos el lugar se llenó de patrulleros, peritos y ambulancias.
Y Ezequiel no aparecía.
Su cama estaba deshecha. Faltaba ropa. Se había convertido en el principal sospechoso y en buscado número uno del país. Su foto estaba en todos los noticieros.
La fuga y la detención
Ezequiel caminó casi 40 cuadras hasta la estación de trenes de La Plata, tomó el Roca hacia Constitución y de ahí siguió a pie por la banquina de la Ruta 2 rumbo a la costa atlántica. Sin celular, sin plata, sin comida. Cinco días caminando como un fantasma.
El 6 de enero de 2020, alrededor de las 13 hs, un joven exhausto, sucio, con ampollas en los pies y deshidratado entró al destacamento de San Borombón pidiendo solo un vaso de agua. El policía lo miró… y lo reconoció al instante. Era Ezequiel Sanso. Lo detuvieron en el acto.
Cuando lo apresaron, dijo una frase que quedó en la causa: “Yo no estaba ahí. ¿Cómo voy a haber hecho eso? Me dormí y cuando me desperté tenía rastros en las manos. Me asusté y me fui”. Después de eso, prácticamente no volvió a hablar. Se negó a declarar ante la fiscalía, dejó de hablar con psicólogos, guardiacárceles y hasta con su propia defensa. El silencio que siempre lo caracterizó se volvió absoluto.
Las pruebas y el debate sobre su salud mental
Las pericias fueron contundentes: ADN de Ezequiel en las víctimas y en la escena, heridas compatibles con los cuchillos de su taller. No había indicios de que otra persona hubiera participado. Actuó solo.
Pero el gran interrogante era otro: ¿estaba en sus cabales?
Los informes psiquiátricos hablaron de posible esquizofrenia no diagnosticada, episodio psicótico agudo, ideas delirantes y desconexión total de la realidad. El resentimiento acumulado contra el padrastro habría sido el disparador. Algunos especialistas creen que realmente no comprendía la magnitud de sus actos. Otros, en cambio, ven frialdad y planificación.
En julio de 2022, el Tribunal de Responsabilidad Penal Juvenil N° 2 de La Plata lo condenó a 29 años de prisión por triple homicidio agravado. Al ser menor de 18 al momento del hecho, no podía recibir perpetua. Pero en septiembre de 2023, la Cámara de Casación bonaerense anuló la sentencia y ordenó nuevas pericias psiquiátricas más profundas. El caso volvió prácticamente a foja cero.
Más de cinco años después…
Hoy, más de cinco años después de aquella madrugada sangrienta, el caso sigue generando controversia en toda Argentina. La familia de las víctimas, especialmente las hermanas de Ezequiel, rechazan el argumento de la locura y exigen justicia plena. Ezequiel permanece bajo control judicial y psiquiátrico, aislado, sin visitas, sin pedir perdón.
Tres generaciones de una misma familia fueron destruidas en las primeras horas de un año nuevo. Un chico de 17 años, que pasaba sus días fabricando cuchillos en un taller del fondo, decidió (o perdió el control y) acabar con todo.
¿Fue un asesino consciente que planeó cada movimiento? ¿O fue un joven enfermo que vivió una pesadilla psicótica de la que nunca despertó?
La justicia todavía busca una respuesta definitiva. La sociedad argentina sigue dividida. Y las víctimas —Graciela, Raúl y la inocente Alma— ya no pueden esperar.
¿Qué pensás vos? ¿Ezequiel Sanso sabía perfectamente lo que hacía esa madrugada de Año Nuevo en Melchor Romero, o su mente realmente se quebró para siempre?
El triple crimen de Melchor Romero no es solo una noticia policial más. Es el recordatorio de que a veces el horror más grande vive dentro de casa… y puede estallar en la noche que todos celebramos la esperanza de un año mejor.
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